La lluvia ya evaporo sus perfumes.
El sol.
Abrió la bolsa en el horizonte,
Y guardo uno a uno sus rayos.
Algunos.
Se escapan por lo bajo.
Y se filtran, entre las flores de los malvones rojos.
Me encanta ese perfume.
De pérdida del día.
Le temo a ese otro aroma que emana la noche.
De amores rotos.
La confianza es un cristal.
Mi alma es una cuerda débil.
De esas que al tirar demasiado se rompen.
No soy una loba.
No tengo cachorros.
No hay a mí alrededor,
Ni serpientes, ni dragones.
Solo este boleto fracturado en el número de su vuelo.
Que me traía de regreso a mi cuerpo.
Me abrazo al verso.
Me abrazo al verbo.
Nunca creí que este sería mi destino.
Abrazarme al verso.
Ser una dama, de anteojos de marco oscuro.
Con un par de de libros en el regazo.
Bebiendo una metáfora de sueño.
Para anestesiar mi cuerpo.
Me abrazo al verso.
La muerte.
La pérdida.
Me enseñaron hace tiempo esto modo de llorar.
Este modo de sangrar evitando secar mi cuerpo.
La naturaleza es así, mata y renace las cosas.
La literatura, el arte, hace una tarea similar.
Les vuelve a dar vida en letras.
Les da sangre de tinta, y piel de verbos.
Pero solo renacen acentuando la palabra.
Reafirmando.
Donde no hay letras, hay huecos.
Hay muerte.
Hay vacío y hay sombras.
Y esos son los verdaderos monstruos que temo.
La lluvia de los inmortales es mi humedad.
La lluvia de mis pasos en el jardín azul de mis recuerdos.
La verdad… mi adolescencia me hizo otras promesas.
No me hablaba de jardines, los vivía, los sentía en los pasos
Pero seguía con los besos, y seguía con la vida.
Me perdía en los libros, como todos los que terminamos por estos caminos.
Pero no sabía que esos libros, eran los primeros pasos a esto.
No sabia de mi alma, entre las esferas.
No sabía que las ramas, esconden el desorden de mis ideas.
Aprendí de las lágrimas secas.
Aprendí a llorar. En silencio.
Doy asistencia a la mañana, todos los días.
Aunque no entiendo la diferencia de la noche con el día.
Siempre tengo el mismo perfume.
En primavera y en invierno.
Estos son de esos versos.
Que nos ayudan a sanar.
Que nos dan vendas.
Pero no para los ojos.
Nos dan vendas para los sueños.
Que se hieren en las esquinas del cielo.
Por hacerse realidad.
Veo esa flor de diamantes girar, y girar.
Cada brillo, me dispara una flecha.
Y gira una vez más.
Cada brillo, me arrebata una estrella.
Miro el cielo.
Y desvanezco.
Y el sol, ya le dijo a la altura… su ultima voluntad.
Ahora llega mi dolor.
Mi dolor temido.
El que ronronea, lame y muerde mi pecho.
El que sorbe mis heridas, desde mis senos, hasta mis huesos.
De amores rotos.
De cemento.
Perdí una página de este libro.
Y por buscarla, se me escapo una lágrima húmeda.
Ahora recuerdo.
Como es llorar del modo natural.
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